¿Una Copa Mundial Fascista?

-Carolyn Prouse

La FIFA ha encabezado, con razón, los medios de comunicación por la estrecha relación de la oligarquía con regímenes autoritarios y fascistas. La creciente fraternidad entre el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y el presidente estadounidense Donald Trump, desde la Oficina Oval hasta la (macabra) entrega del Premio de la Paz de la FIFA y la presencia de Infantino en las conversaciones sobre el alto el fuego entre Israel y Gaza, es solo el ejemplo más reciente de la propensión de la FIFA hacia dictaduras reales o casi reales. La FIFA ha colaborado alegremente con gobiernos autoritarios en Italia (1934), Argentina (1978), Qatar (2022), Estados Unidos (2026) y Arabia Saudita (2034). Nick McGeehan, de Fairsquare, resume lo que está en juego al señalar que “La FIFA se está convirtiendo rápidamente en una sirvienta de los autoritarios que están remodelando un nuevo y sombrío orden mundial”.

Términos como fascismo y autoritarismo han llegado a dominar los medios de comunicación de izquierda, y con razón. Las tendencias autoritarias de Trump se hacen eco de los giros hacia la extrema derecha de otros gobiernos supuestamente democráticos, desde India hasta Brasil, que presentan a las minorías religiosas, de casta, raciales y de género como amenazas para el cuerpo político.

En medio de este auge, y apoyándose en una larga tradición de estudios afrodescendientes que va desde Walter Rodney hasta Angela Davis, el filósofo Alberto Toscano sostiene en su libro Late Fascism que el fascismo no puede limitarse a la Europa de entreguerras. El fascismo italiano y alemán se probó primero en las colonias y luego “regresó como un boomerang”, como escribió Aimé Césaire, a Europa; y el Estado siempre ha tenido tendencias fascistas hacia los pueblos indígenas y lxs personas negras en colonias de colonización como Canadá y Estados Unidos, donde, como publicó Harsha Walia en BlueSky, nunca hubo un boomerang. Si consideramos el fascismo, como lo hace Toscano, como “un conjunto de tácticas represivas [y] un proceso político e ideológico abarcador, que apunta de manera diferencial a poblaciones racializadas y subalternas cuya mera existencia y sociabilidad son percibidas como una amenaza” (p. 35), entonces el fascismo siempre ha sido la cara oculta  del liberalismo democrático. 

Al mismo tiempo, académicos y periodistas han recurrido al concepto de “tecnofascismo” para caracterizar el actual momento fascista, en el que los gobiernos dependen de la tecnología, las grandes empresas tecnológicas y los tecnócratas (véase Elon) para impulsar la división política y el odio. Escritores utilizan este término para mostrar cómo el uso de tecnologías digitales (de las cuales la IA es solo la última novedad) puede facilitar la violencia fascista al amplificar el odio racial, el miedo y la polarización política. El tecnofascismo está presente cuando el ICE utiliza datos de cámaras privadas de vigilancia; cuando los algoritmos de las redes sociales amplifican mensajes de odio contra grupos religiosos y étnicos minoritarios; y cuando las fuerzas policiales utilizan plataformas de IA de terceros, como Gotham de Palantir, para predecir cuándo y dónde ocurrirá un delito. El fascismo, en la era del Big Data y de lo digital, está impulsado, como señala Mark Coeckelbergh, por la “extracción de datos, la gobernanza algorítmica, la manipulación conductual y la monopolización de plataformas”.

Pero así como el fascismo proyecta una larga sombra más allá de las violencias específicas de la Europa de entreguerras – en las colonias y en las infraestructuras cotidianas del Estado liberal-democrático – el tecnofascismo también se entrelaza con las historias de violencia estatal.

Y el deporte —incluidos, y especialmente, los megaeventos deportivos hipervisibles e impulsados por el nacionalismo— proporciona la voluntad política, los fondos económicos y el fervor patriótico necesarios para probar y afianzar tecnologías, desde la IA avanzada hasta las balas mecánicas, que siembran la división sobre la que se construye el fascismo. En otras palabras, una parte de la larga sombra del (tecno)fascismo reside en el estadio deportivo: en las tecnologías deportivas que nos traen a los atletas y al juego, y en las tecnologías que protegen el campo y las sedes de la acción deportiva. La Copa Mundial de la FIFA es solo un banco de pruebas para tales tecnologías experimentales, pero es uno de los más ostentosos y lucrativos, y uno con el que mucha gente está de acuerdo.

Para una conversación reciente que facilité en la Universidad Queen’s sobre el fascismo y la Copa Mundial de la FIFA 2026 (FWC26), elaboré una infografía que expone algunas de las tendencias fascistas que subyacen a los megaeventos deportivos. Mi preocupación actual por el fascismo surge de las manifestaciones autoritarias señaladas anteriormente, pero también de una de mis líneas de investigación de larga data: comprender las lógicas de desposesión y vigilancia policial asociadas a los megaeventos deportivos, especialmente la Copa Mundial. Desde el torneo de 2010 en Sudáfrica, donde la FIFA impuso infraestructura de estadios y estándares de “embellecimiento”, hasta la edición de 2014 en Brasil, donde el Estado estableció unidades permanentes de policía militar en favelas de bajos ingresos para ayudar a “securitizar” el torneo, he rastreado muchos de los fundamentos violentos de la FWC26. Ahora que la Copa Mundial ha llegado a mi ciudad natal (Toronto) y a la ciudad donde pasé muchos años realizando mi doctorado (Vancouver), he estado reflexionando sobre cómo el torneo reproduce el (tecno)fascismo de maneras tanto antiguas como nuevas.

Este folleto presenta algunas proposiciones centrales sobre la relación entre la Copa Mundial y el fascismo, basándose en una amplia producción académica dentro de los estudios socioculturales del deporte. Hay muchas más(!), pero las ocho en las que me concentro aquí son:

  1. A la FIFA le atraen los gobiernos autoritarios y fascistas
  2. Las innovaciones tecnológicas en el deporte forman parte del complejo militar-industrial.
  3. Los estadios de fútbol exhiben ideologías nacionalistas.
  4. La digitalizada “experiencia del aficionado” nos transforma en sujetos experimentales, consumidores y vigilados.
  5. Las Copas Mundiales intensifican sistemas preexistentes de fascismo, vigilancia policial, seguridad y supervisión estatal.
  6. Las Copas Mundiales son “zonas de excepción” que suspenden el funcionamiento “normal” de la ley.
  7. Las preocupaciones sobre inmigración y fronteras se ven amplificadas por el hecho de que este evento se celebra en tres países.
  8. Las comunidades siempre han resistido al fascismo y a los megaeventos deportivos.

Espero ofrecer una serie de publicaciones en el blog que desarrollen con mayor profundidad algunas de estas ideas.

Haz clic aquí para acceder a la versión en PDF del folleto.